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Una escalera al cielo


En el parqueadero de estos carros junté las primeras letras leyendo muy despacio y en voz alta: La Rubia, La Consentida, Rey de Reyes, El Turpial. Adentro, en la cabina, el conductor tenía su catedral gótica con imágenes religiosas, calcomanías de mujeres desnudas, colecciones de pequeñas botellas de licor y un radio empotrado en la gaveta. Máximas escritas en fina caligrafía y en letra de molde el nombre propio del vehiculo. Todo enmarcado con bombillitas multicolores. En ese tablero iluminado los pasajeros amenizaban  el viaje con recomendaciones para la vida o frases que le sacaban partido chistoso a situaciones difíciles: “ que veinte años no es nada ”… “ cuando tuve, te mantuve y te tuve y te di ”…“ ave fue nuestro amor, ave viajera ” …

 

Yo ayudaba a sacudir las bancas y a limpiar los parabrisas, por unas monedas ejercía de secretario del Ayudante, que no era cualquiera. Se le decía “ El Fogonero ”, relacionando su oficio al de los hombres que alimentaban a paladas de carbón los fogones o calderas de los trenes . El fogonero era mi ídolo. Así quería ser cuando fuera grande: Un hombre fornido que se daba el lujo de estar a toda hora sin camisa, con un dulce-abrigo rojo fajado a su cabeza. Idéntico a los jinetes del desierto, pasaba por todas las bancas cobrando el pasaje. Mientras subía la carga, las muchachas lo miraban de reojo añorando entre suspiros ser uno de esos bultos que él alzaba cual almohadas.

 

Una vez que el conductor satisfecho de la comilona volvía a ocupar su cabina de mando al frente de la cabrilla, jalaba un cordel con la mano izquierda y las cornetas chillaban con la tristeza de las chivas que dejan sus crías. Los pasajeros volvían a subirse al carro ocupando sus respectivos puestos. Las mujeres que antes habían flirteado tímidas, en ese momento desde la acera “voliaban” la mano diciendo adios a todo el mundo, pero cada una recibía  la última miraba del Fogonero, que a la hora de salida viajaba en la parte trasera,  agarrado de una escalera que estaba soldada entre el portamaletas y el capacete. Seguramente este detalle de barrotes sirvió a la gente de ese entonces para hacer extensiva la particularidad al total y por eso no viajaban en bus o camión sino en “Escalera”.

 

En la tapa del portamaletas de las escaleras, en un recuadro de lata de 2  x 1 metro,  muchos conocimos las primeras obras de arte: El Angel de la Guardacuidando párvulos hermosos en una vega fértil. Jesús Milagroso con el corazón en llamas. La Plazadel Pueblo donde nació el dueño del carro. Los jugadores de dado parecidos a los tíos y al abuelo. Quién haría estas pinturas tan reales ? Cuentan que los primeros artesanos que “empayasaron” uno de estos carros fueron los Pabón de Itaguí, pero yo puse en limpio a punta de trapo enjabonado las firmas de Tarzán, A. Villa, Serna y Pingüino. Todas esas figuritas las hacían ellos a escuadra y compás. Los dibujos se reproducían de láminas impresas mediante cuadrículas, según puede comprobarse todavía en los talleres de Andes.

 

Entrando a la adolescencia la familia me trajo a vivir a Medellín, donde las canciones eran otras. No mas Julio Jaramillo, ni Oscar Agudelo, ni Antonio Aguilar. El cambio fue brusco, las compañías distintas y los oficios nuevos. Tuve que darle la razón a Dostoyevski cuando asevera que el hombre es un ser que se acostumbra a todo. De montañero pasé a Rockero porque Led Zeppelín puso de moda “Una Escalera al Cielo”. Suponía yo que la  canción en inglés contaba como uno de mis carros de  escalera salía desde las profundidades mas recónditas, alegrando corazones por los pueblos que recorría en un ascenso pronunciado, hasta meter su trompa de caballito plateado en la neblina, y al final desaparecer en el firmamento tocando trompetas celestiales.

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